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“El jugador boliviano es considerado vago, indisciplinado y bebedor"

Written By Jaime Mamani Mendoza on viernes, 11 de abril de 2014 | 15:08


David Dóniga Lara nos cuenta algunas curiosidades y particularidades del fútbol boliviano. Nos habla de los medios de comunicación, la altura, el clima y de las dificultades que se encontraron en su día a día en el Club Jorge Wilstermann. 

Cuando Gerardo me contaba por “Skype” las condiciones de entrenamiento y competición no me lo podía creer. Su percepción de la realidad me transmitía la imagen de un fútbol donde no se podía competir. Me explico: la altura, el balón, el clima, el césped, los medios, los horarios o la televisión, condicionaban tanto el trabajo que parecía imposible que las cosas tuvieran sentido. 

Cuando sueñas con un equipo profesional, te tranquiliza saber que no vas a tener las carencias de las categorías regionales, o incluso de la Segunda B que todos conocemos. Piensas en tener a tu disposición las condiciones adecuadas para desarrollar cualquier tipo de trabajo dentro y fuera del terreno de juego. Y aunque en eso no te equivocas, la verdad que en este club, hay matices. 

A pesar de ello todo lo que nos ha pasado es un progreso, un peldaño más en nuestro crecimiento personal y profesional. Me gustaría compaginar lo deportivo y lo técnico con la experiencia, la aventura, y la anécdota. Y dejar en el lector un poso de conocimiento, entretenimiento y, por qué no, de aprendizaje. Pero siempre desde un punto de vista positivo que sin duda os va a sorprender. Voy a desarrollarlo por temas. 

La prensa: todo un paso adelante en el desenvolvimiento con los medios 

Nada más llegar a la puerta de salida del aeropuerto Internacional Jorge Wilstermann, el 4 de enero de 2014, me abordaron más de 20 medios sin tiempo apenas para saludar al responsable del Club, Marcelo Carballo, que venía a recogerme. El técnico, Manuel Alfaro, llegaría cuatro días después por temas personales, pero la prensa necesitaba información, noticias, rellenar espacios… y mi opinión les valía. Yo no alcanzaba a entender lo que un ayudante, segundo o preparador físico (como quieran denominarme: yo prefiero técnico asistente) puede aportar a la masa social a nivel de declaraciones, pero el problema no iba por lo meramente deportivo. 

Personalmente, desde ese día, no ha habido ni uno sólo que no hablase con algún medio. Y la habilidad en el manejo de esa faceta, importante para el entrenador a la hora de transmitir un mensaje, de dar información o de generar opinión, es una de las cosas que me llevo a España. Pero vamos con lo que les interesaba a ellos… 

Parece ser que el futbolista boliviano, por el público de a pie, es considerado vago, indisciplinado, bebedor y descuidado. Se había extendido la idea de que el cambio que necesitaba el equipo para ganar era que se ajustaran a unas dietas, a un horario, a la mano dura… ¡Qué gran equivocación! 

“El palo”, me decían. “Aquí sólo funcionan con el palo. Hay que entrenar dos veces al día, incluso tres; concentrarse en casa y fuera, obligarles a cumplir una dieta: ¡Que pierdan 7 kg!, añadían. Como si eso fuera la aportación más importante que podíamos hacer a su fútbol. “Pero si somos entrenadores ¿Por qué no nos hablan de fútbol?”, pensaba. La cultura de este país, las costumbres, hacen que cuando no haya buenos resultados todo se asocie a conductas extradeportivas. 

Puede ser, y con el tiempo nos dimos cuenta, que no eran los jugadores más estrictos del mundo en su entrenamiento invisible o en sus conductas fuera del terreno de juego… Pero no todos, y no de manera muy diferente a los de cualquier otro país. Pero con los matices propios de su cultura y dentro de su contexto. 

El nivel de la liga boliviana no es el de la primera división española. Pero eso a nadie se le escapa. Con lo cual, jugadores de otras categorías (segunda o segunda B de nuestro país) pueden competir allí perfectamente. 

Eso implica que el nivel del jugador es inferior a otras primeras, pero esa obsesión con asociar al jugador boliviano a la bebida, las salidas nocturnas o el desorden es injusta, y siempre viene de gente que realmente, sí que lleva ese tipo de vida. El jugador boliviano necesita más fútbol. La liga boliviana, cambiar detalles. Y si están dispuestos a ello, volverán a recuperar el espacio perdido a nivel de club y de selección que les llevó, en los años 90, a estar en el top de Sudamérica y a competir a nivel mundial. 

Entrenamiento y competición: el césped 

Pocos factores pueden considerarse más condicionantes que éste. Y nos sorprende que no tengan ninguna intención de cambiarlo pues daría un empujón a su nivel. Con césped alto y seco el balón no rueda… Esto no es ajeno a ningún jugador o exjugador, pero parece ser que a ellos no les interesa. La bota se esconde, se hunde, y pisa sobre una superficie esponjosa inestable por donde el balón circula con dificultad. “Queremos jugar como en Europa, rápido”, decían los dirigentes. 

Pero aún de vuelta a Madrid no sabemos si no regaban porque no querían o porque no podían. Y el corte del césped, cuando les apetecía, impedía entrenar o competir en una superficie rápida. Evidentemente esto era algo perjudicial para un equipo que quería tener un ritmo alto de juego con mayor tiempo de posesión que el rival. 

El jardinero se ponía a cortar el césped antes del entrenamiento, se regaba cuando se terminaba de entrenar, que era nada menos que a las 11 de la mañana. Con un sol de justicia, en altura, la hierba se quemaba. El cuidado del césped se hacía inundando el terreno y dejándolo secar tres días. 

Antes del partido se cortaba el césped con 36 horas de antelación, con lo que la hierba crecía rápido y llegabas al encuentro sin diferencias de espesor ni altura. Y por supuesto, en ningún campo de la liga, ninguno, se regaba antes del comienzo del partido. No lo conseguimos cambiar. Ahí sí hay un enfado grande. 

Aunque se propusieran horas de riego, días de corte, cuidado de terreno, etc., siempre había una objeción: el horario de trabajo del jardinero, el calor, la lluvia, el sistema de riego, el agua, el tipo de césped… Cuando se quiere, se puede. Si los dirigentes entendieran que el terreno de juego es vital para que el fútbol sea diferente, habría sido más fácil. Pero no querían escuchar: el sobrepeso, vigilar sus vidas privadas, la bebida o las alineaciones resultaban una mayor preocupación para ellos. 

Cuando ves que hay césped de calidad en jardines, casas privadas o parques, te das cuenta de que el que hay en los estadios se puede cambiar. Cuando te das cuenta de que el jardinero puede cambiar sus horarios, te das cuenta de que si no lo hace es porque no quiere, o porque no le pagan más. Cuando ves que se puede regar en los partidos con un poco de interés en la distribución de los tanques de agua, entiendes que no se hace porque a alguien le supone un esfuerzo que no quiere hacer. Con todo esto comprendes, que si a alguien le interesa tomarse su tiempo o gastos que ves que pierden en otras cosas para dedicarlos a este tema, el salto de calidad sería una realidad. 

Las instalaciones: la época de lluvias. 

“Aquí nunca llueve así en enero”, nos decía la gente. Sin embargo, a mí lo que más me hacía desconfiar de la opinión de cada uno era cuando todos los días, sin excepción, a las 6 de la mañana, escuchabas cómo empezaba a llover a mares, parando a las 7:30-8:00. Te quedaban muchas dudas de si te decían la verdad o no… 

¿Cómo va a ser la primera vez que llueve así en Cochabamba, si la secuencia se repite cada día a la misma hora, y a veces hasta en dos ocasiones? Todo el mes de enero y parte de febrero tuvimos que lidiar con este proceso que inundaba los vestuarios del estadio (donde nos vestíamos para entrenar, ya fuera en el propio estadio o en los anexos), dejaba inútil el campo de entrenamiento principal (a veces, por varios días: era una auténtica laguna) y nos obligaba a movernos a terrenos de césped sintético o estadios de otras poblaciones para poder trabajar en condiciones óptimas. 

Esto tampoco les importaba a los dirigentes, que a lo mejor entendían que a un equipo no le hace falta entrenar para jugar: con que salgan los 11 que ellos creen es suficiente… Así que a vestirse y en minibús a campos cercanos. 

El clima ayudaba mucho pues hace calor siempre y es cómodo vestirse de corto y hacerse media hora de viaje en un espectacular autobús (calidad y confort rezaba en un lateral), entre pósters de mujeres semidesnudas, fotos del equipo, guirnaldas y carteles de “Dios te guía” o “Jesús es el camino”. 

Cuando no, empezábamos media hora más tarde porque había que achicar aguas procedentes del alcantarillado de los accesos que nos llegaban a las rodillas prácticamente. Y si el balón rodaba había que entrenar, aunque fuera con botas de agua. Nunca había achicado agua de un terreno de juego para poder entrenar. Ver a técnico, ayudante y preparadores sacar agua con cepillos y especiales ante la atónita mirada de los periodistas, no tiene precio. Para todo lo demás, ven a Bolivia. 

Los viajes a la altura 

“Se te hinchan las piernas, a la primera carrera no te van”, decían los españoles. “Exageras un poco, macho”, replicaba yo. “Que no, que no, Doni. Date un sprint y ya verás”, me decían. El partido en Potosí es el que a más altura se juega en el mundo. Más de 4000 metros de altura. Este año la liga tenía dos equipos de la localidad. Pero eso merece un apartado único. Cochabamba, nuestra ciudad, ya tenía una altura considerable: 2500 metros. 

Gerardo me había contado que los primeros días de entrenamiento pensó en volverse. “No era capaz de controlar un balón. Parecía que no sabía jugar al fútbol”, me decía. No era ese su problema. En alturas considerables, y ésta lo era, el sistema nervioso necesita un proceso adaptativo durante el cual la coordinación espacio-temporal, la propiocepción o las funciones asociadas a la respuesta neuromuscular se ven afectadas. 

Si a eso le añadimos la diferencia de presión, que hace que se capte menos oxígeno, o que el balón “vuela” más por la aerodinámica (dependiendo de la casa que lo fabrique también), la adaptación es necesaria y un jugador europeo, puede que necesite un par de semanas para encontrarse cómodo. 

Yo no me atreví a meterme a jugar las primeras semanas. Probaba golpeos y sentía que, con menos potencia, el balón llegaba más lejos. Al llegar disponíamos del balón “Tango” de la pasada Eurocopa como balón oficial de la liga. Un balón prácticamente esférico, sin costuras, que no beneficiaba en estas condiciones ambientales. Hacía extraños, pesaba más. 

Mi primera experiencia intentando rematarlo fue en un juego de final de entrenamiento, por parejas, de centros y remates, donde entrábamos en cruce. El primer balón perfecto, se desvió de mi trayectoria en el momento del impacto. Golpeo al aire. Risas. 

El segundo balón, franco para golpear, a mi pie derecho, hace que me posicione para ofrecer el interior. El balón vuelve a “esquivar” mi pie en una maniobra maquiavélica. Los chicos se morían de risa. “¿Qué pasa Doni?”, me decían. Pero a la tercera iba a ser la vencida. Un balón a la cabeza, perfecto, de fuera a dentro, desde mi perfil izquierdo. Perfecto para ser rematado con mi parte frontal derecha. Sin embargo, el balón, en esta ocasión, no iba a ser menos “cabrón” que en las anteriores. 

Ante mi perfecto escorzo, cuando iba a impactar, el balón volvió a decidir que mi superficie de contacto debía ser otra, por lo que hice un esquisito remate de ojo que se coló por la escuadra izquierda. Se morían de risa. Y yo de dolor: tres días seguidos me lloró el ojo por el remate. Pero lo importante es que hice gol. 

Para el Clausura 2014 cambiaron el balón oficial de la liga, y con acierto. Estas condiciones requieren un balón menos aerodinámico, menos esférico. Con el actual, un balón colombiano (Golty) que la propia selección colombiana lleva un par de años utilizando en las fases de clasificación, con más costuras, se hace más fácil jugar. 

Pero en definitiva; la altura, la presión, la gravedad, o lo que se quiera, obliga a una adaptación. Pero tras esa adaptación, jugamos en igualdad de condiciones: con calor o frío, con 2500, 4000 o 600 metros al nivel del mar, todos tenemos la posibilidad de entrenar cada día para adaptarnos al medio. 

Yo no he jugado mucho fútbol aquí, pero sí que al no estar adaptado percibía esa fatiga en relación a la presión. Alfaro, sin embargo, que ha entrado con más continuidad en algunas tareas, no denotaba esos problemas. Nada supone una excusa para no desarrollar un fútbol eficaz. Sí que la repercusión de la actividad genera una recuperación diferente, o un impacto singular a nivel fisiológico. 

Pero insisto, que como en cualquier otro medio, el entrenamiento genera adaptación, y no puede suponer un pero en la intensidad, el ritmo de juego o la continuidad del mismo. Vemos casos de equipos de la altura, que ganan a nivel del mar, pero también pierden; como les ocurre a los que suben a la altura. 

Hay equipos con un nivel de intensidad defensiva bárbaro, y otros que manejan el balón todo el encuentro. Cuando me decían que no podían correr, y veía a otros equipos meter una intensidad vertiginosa; o que no se podía jugar rápido, y veía a otros equipos contraatacar con velocidad; o que no se podía ganar en la altura, y ganamos en Potosí, pensaba en lo fácil que es justificar una mala actuación y lo difícil que es asumir responsabilidades. Para algunos…Y es que a veces, el límite nos lo ponemos nosotros, a ras de suelo, cuando el límite, está realmente en el cielo. The Sky is The Limit! 

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